Cosas que hacer cuando estás en paro (4): Emigrar a Alemania

Soy hija de mi tiempo. No en el sentido de haber recibido una educación posmoderna que me ha convertido en un Peter Pan consumista carente de valores fijos a los que aferrarse en un universo cambiante blablaba, sino en el de que todas y cada una de mis decisiones importantes —comprometedoras a medio-largo plazo o incompatibles con otras de envergadura—, coinciden con las de un porcentaje considerable de mi entorno personal, mi país o mi generación: el carné, la mili, el piso, las oposiciones, la emigración. Contra lo que pueda parecer, en ningún momento pensé en "hacer lo que hace todo el mundo"; quizás la existencia de unos condicionantes comunes nos aboca a seguir caminos similares, o a lo mejor me falta personalidad para aferrarme a mi propio criterio, o criterio propio en absoluto.
Y aquí estoy, en un país extranjero que jamás consideré como destino, enfrentándome a mil nimiedades que te recuerdan que, sí, esto es Europa; los romanos, el cristianismo y las guerras también arrasaron por aquí, pero, ¡por dios!, ¿por qué me molestan tanto tantas pequeñas diferencias?, ¿es esto propio de los alemanes, de los bávaros, de los muniqueses o solo de este fulano que es un poco subnormal?, bueno, son sus costumbres y hay que respetarlas... ¿será que no me estoy integrando?, pero esto es absurdo, ¿no se quejan los alemanes de sus propias tonterías?, ¿debo denunciar esta injusticia?, ¿espero a llevar diez años? Es más, ¿por qué odio cosas que son exactamente iguales en España? Joder, qué horterada la tele, ¿canon?, ¿qué canon?, ¿que responda por carta?, ¿are you from the past? ¿Y esta repentina comunión espiritual con los italianos?, ¡mira!, alguien en el metro hablando español, ¡rápido!, conversemos muy alto... ¡ay!, un grupo de españoles a grito pelado, ¡qué vergüenza!, luego se piensan que somos todos así... qué coño estoy haciendo con mi vida, señor, llévame pronto.
Pero vamos a lo que interesa, porque estas cosas solo las lee quien también piensa emigrar, buscando desesperadamente un poco de seguridad ante lo desconocido. Quieres saber lo que te vas a encontrar y solo puedo darte lo que me he encontrado yo, bajo mi situación laboral, familiar y económica concreta, con mis prejuicios y expectativas, en este momento y lugar.
Llegué en noviembre desde Las Palmas de Gran Canaria, donde el invierno rara vez baja de 15 grados. No nieva, no graniza y cae con más frecuencia arena del Sáhara que lluvia. Las viviendas no tienen calefacción. Vengo, en fin, del lugar al que huyen los alemanes que no van a Mallorca tras la jubilación.
Necesito tener en cuenta cosas que antes ni pensaba: una eternidad para vestirme, cinco minutos de más antes de salir; botas, chaquetas, gorros, guantes y bufanda. Dejar siempre los zapatos en la entrada. Consultar el tiempo todas las mañanas. Tener ropa de invierno y verano, nieve y lluvia; hacer todos planes por duplicado, con variante de interior. Congelarte porque hay que airear la casa a diario. Vivir en general es más duro aquí y cuesta levantarse y pisar la calle, pero, contra los esperado, no he sufrido demasiado por el frío. Ha nevado incluso menos de lo que me habría gustado. Tengo oportunidad de probar cosas imposibles en las islas: patinaje sobre hielo, trineo, esquí. El calor también cansa y el frío no dura eternamente. Mi problema es otro.
No hay luz solar directa, ni siquiera de día. El sol está oculto, apenas se hace notar un par de horas, generalmente al mediodía. Todos los pisos publicitan con entusiasmo si su balcón está orientado al sur. Es la hora lagarto, de salir a la terraza e intentar absorber lo que se pueda. A las cinco es de noche, pero noche a cerrojo, y la oscuridad unida a la calefacción produce sueño y cansancio permanente. Recuerdo preguntarme, cuando bajaba algún fin de semana a Playa del Inglés o Maspalomas, por qué todos los guiris decidían, en las horas de más calor, jugarse un cáncer con la piel ya claramente quemada. Vaya si lo entiendo.
Múnich es CARA, pero cara tipo Madrid con esteroides. Puedes alimentarte barato a golpe de marca blanca y locales de menú, sobre todo en zonas de estudiantes, donde comes bien y caliente (beber, incluso agua, es un lujo) por 5 o 6 euros; olvídate del pescado y el marisco, hasta la panga es cara; Nordsee una vez al mes, compra en Goethestraße / Landwehrstraße si te pilla cerca (abraza al primer turco que veas de mi parte) o latas de atún y palitos pescanova. Absolutamente todo lo demás está por las nubes. El clima no invita a pasear comiendo pipas, es invernar en casa o pagar. Café, 2-5 € según lo que pidas. El expreso es un dedal, mejor doble. Patinar sobre hielo, qué guay, 5 leuros por entrar y 5 más si alquilas patines. La piscina igual, incluso en los cursos de natación pagas cada vez que entras. Una clase de cocina de 3 horas, 30 euros. Intensivo de alemán, de 100 a 1000 €/mes según sea curso de integración, Universidad Popular, academia privada o Instituto Goethe. Bono mensual de transporte combinado (metro, bus, tren y tranvía), a menos de una hora del centro, 76 €. Cine, 6,5-13 €. Corte de pelo de mujer, 20 €. Y el piso, el piso, el puto piso y sus gastos anejos no tiene precio; se comerá tus ahorros y tu sueldo, si consigues alquilar uno. Pero esa es otra historia que debe ser contada en otra ocasión.
Para ser una ciudad tan grande, asombra la reducida variedad y calidad de muchos productos. Vas a un MediaMarkt, o a un Toy's'rus gigante y en vez de 200 tipos de Playmobil hay 200 cajas del barco pirata. Para ropa y calzado hay opciones económicas, Takko y Deichmann, además de los supermercados de descuento (Aldi, Lidl, Netto) con su pasillo central cambiante. A medio camino están las franquicias internacionales (H&M, Zara) y mejor no pisar las pequeñas tiendas del centro, o Galerías Kaufhof, que si no es el Corte Inglés se le parece mucho
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Von Björn Láczay - Flickr, CC BY 2.0

Ningún súper te lleva la compra a casa salvo que la hagas online, con pedidos mínimos y muchas condiciones que aún no he logrado descifrar. Hay una obsesión insana con los cupones de descuento y mil combinaciones que solo sirven para acabar saturado de información y sin saber realmente cuándo ahorras; tu ritmo de consumo no lo marcas tú, sino las circunstancias: hoy una oferta aquí, esta semana traen herramientas allá, a las 19:00 baja el precio de las verduras en nosedónde, los domingos tal museo tiene la entrada a un euro. La publicidad (postal) es incesante e invasiva, los centros comerciales te mandan sus propios "periódicos"; hay chavales, y digo "chavales" por no decir "niños", repartiendo periódicos locales gratuitos los fines de semana; hay diarios de pago por las esquinas, como los de las películas americanas, donde coges el Bild -por qué quiere alguien leer esa mierda, el musical- y dejas el dinero. Internet es tu amigo y si no hubiera internet juraría que he vuelto a los noventa, o a un dosmil alternativo, con soluciones de baja tecnología y sabor retrofuturista.
Esto, que resulta irritante para algunas cosas, puede ser muy positivo en otras: Máquinas de compra de abonos en todas las estaciones, multa (muy) disuasoria y revisores: no hace falta subcontratar a la empresa del cuñado del concejal para implantar la tarjeta sin contacto, ni poner tornos, lo que agiliza muchísimo la entrada y salida. Aún así, el transporte está masificado, las frecuencias me parecen escasas (metro cada 10 minutos, bus cada 10 o 20 minutos el fin de semana) y se tarda la vida en llegar a cualquier parte. Pero qué mal conduce esta gente. Tanto bemeta y tanta mierda y luego aparcado en la calle y rascando nieve; sobre la acera, en el carril bici o donde les sale de los huevos. Pero si eres peatón ni se te ocurra pararte dos segundos: timbrazo de la muerte y atropello si hace falta.
Como en toda gran ciudad, las distancias son grandes; en los barrios residenciales solo hay cuatro tiendas básicas y mucho verde (lo llaman parque, pero eso es un bosque); cómprate una bici, una cesta, una mochila y llora sintiéndote torpe. Señoras con perro en una mano, compra y niño atrás, soltando la otra mano del manillar para saludar mientras cogen una curva. La ciudad es llana y hay carril bici en casi todas partes, junto a la acera y separado del tráfico, que es como consigues que una familia vaya al cole con un bebé en el remolque y el nene de 4 añitos ya con su propia bici, o un señor de 80 años llevando su compra en un triciclo para adultos. Casi todos los edificios tienen un sótano comunitario con cuarto de lavandería, trastero, cuarto de la basura, garaje y cuarto de bicicletas. Hay aparcabicis en la entrada de casi todos los edificios, supermercados, colegios y oficinas. Yendo en bici se pasa un frío del carajo, pero en lo demás no he visto lugar más amigable al ciclista.
Los impuestos son altos y la sanidad privada; debes tener un seguro obligatorio (mientras no seas residente vale la tarjeta sanitaria europea). Tú eliges cuál (krankenkasse) y te lo descuentan del sueldo; cubre también a la familia. Las consultas que he visto no se parecen en nada ni a los centros de salud ni a las clínicas privadas de España. Sin la diáfana uniformidad de los primeros ni la comodidad y pijerío de los segundos. Es un conjunto de diferentes especialistas en el mismo edificio, algunos con recepción común, otros no, pero todo más pequeño, más viejo y menos limpio; una diminuta sala de rayos que parece un juzgado, con la pila de expedientes ocupando toda la pared; una recepcionista que es también ayudante, entrando y saliendo con zapatos de calle para preparar un gotero con toda la parsimonia del mundo; tú esperando delante de armarios llenos de medicinas e instrumental en cajas de madera; la farmacéutica dispensa alcohol en botes de cristal con etiquetas escritas a mano y preguntan si no lo querrás para beber. Tengo miedo de ir al dentista, porque los presentadores de la tele, que supongo no serán pobres, tienen la piñata que da grimilla verla. Lo dicho, los noventa.
Al empadronarte debes declarar tu religión, porque tu iglesia la pagas tú. Si no tienes religión no pagas. No todo iba a ser malo.
Consecuencia de todo lo anterior, 30.000 brutos al año es lo mínimo que recomendaría si quieres vivir aquí. Naturalmente, hay gente que gana menos (hola, minijobs) y sobrevive, porque hay diferentes ayudas gubernamentales que complementan el sueldo, y una sustanciosa ayuda familiar mensual llamada Kindergeld, pero, mi niño, qué quieres que te diga, para vivir como un desgraciado aquí, mejor lunes al sol, que al menos de eso sí hay en España.

And now...

Salir de la crisis tras el verbo ausente,
en galerada, un Viernes de Dolores,
con memoria liviana y pies de plomo
a Domingos de Salvación encadenados
(porque esta historia no cabe repetirse
mas como farsa). Un viernes muerto
las mareas de color traerán consigo
los pecios grises del naufragio,
resaca de tambor y santabárbara,
el tiempo que era nuestro y era
de eterna transición. Cómo se acaba
con la ira de vivir, a quién testamos
el libro blanco del culpable,
cuando se cae la voz qué son nos canta,
qué épica narramos sin relato.

Me preguntaron hace poco si seguía escribiendo y la respuesta fue que no. Podría decir que me falta tiempo, pero la realidad es que ni siquiera me apetece. He asumido que la escritura dejó de ser un objetivo vital para convertirse en una afición intermitente que en ocasiones abordo con particular entusiasmo. Este poema lleva en mis notas desde 2012, siempre inacabado, y hace poco decidí pulirlo para el blog, supongo que movida por la necesidad de dejar algún testimonio personal de los últimos años. Siendo el uso del lenguaje un rasgo caracterizador del 15-M, se preguntaban en Valencia Plaza cuál era "la canción" del movimiento y yo me pregunto por su literatura, a través de que historias será interpretado y revivido pero, sobre todo, cuáles nos estamos contando ahora.