Por qué voy a manifestarme

Me van a permitir que hoy les narre brevemente, es un decir, la historia de mi vida —amenizada con innecesarios incisos, comillas y paréntesis—, disgresión autobiográfica que no viene a cuento y parece hecha para dar mucha penita pero responde a la pregunta que titula el post. Y porque este es mi blog y yo lo valgo, qué carajo.

Hubo un momento de mi vida en que pasé de pertenecer a una familia de clase media a otra de esas que hoy llaman desestructuradas: madre divorciada y posteriormente viuda que jamás terminó la secundaria, limpiando casas en negro, arrejuntada con un divorciado y sus hijas; broncas, mudanzas constantes y dinero escaso. Nunca faltó cama ni comida, pero no había ni para ropa (primas de la talla 38, cuánto os he odiado), ni para teléfono, ni mucho menos vacaciones o academias de inglés, que vergüenza debería darme ser tan españolísimamente pueblerina y no haberlo aprendido por ciencia infusa. Mi hermano se partió las paletas con nueve años y no conoció dentista hasta la veintena; yo no supe lo que era ducharme sin calentar el agua en un caldero hasta el derecho a voto. En fin, no fue una niñez muy alegre, pero podría ser peor... podría haber cocodrilos.

Como sólo los más avispados lectores habrán podido atisbar nunca he sido persona particularmente sociable y, como leer además de solitario era gratis, la biblioteca se convirtió en mi hogar, Carl Sagan mi profeta, y las novelas mi Compostela imaginaria. La extrañeza con que mis compañeros de instituto miraban a aquella chica que ocupaba sus descansos de clase “estudiando” (su manera de decir “leyendo”) me procuraba una identidad específica en el microcosmos adolescente —aunque fuera la de marisabidilla atea tocapelotas— al tiempo que cierto orgullo por mi excentricidad, pues allí nunca llegué a tener trato con los frikis de guardia. Luego llegarían el jodido internet a mostrarme lo común que es la extravagancia.

Alcancé el santo grial de la universidad dividida entre mi tardía vocación lingüista, el mantra familiar estudia, estudia [algo útil] y tendrás un futuro [no como los tarugos esos que van a la FP] y el deseo de huir echando hostias de aquel maldito barrio para aprender de la escuela de la vida, que era otra cosa que, según mi abuelo y un señor de la tele con corbatas coloridas, nos hacía falta a los jóvenes y no tanto quejarse de los contratos basura y demás mandangas de consentidos que no sabían lo que era una dictadura. Cómete el potaje niña, que yo en la guerra comía ratas.

Yo, claro, pensé que se refería a la gente de mi generación, porque “treintañero” y “joven”, conformaban por aquel entonces un oxímoron en mi vocabulario; así que busqué un trabajo —camarera, sin cotizar ni leches, que “seguridad social” era la tarjeta del médico—, y un piso compartido. Dos años después abandoné la carrera, porque aquello de trabajar, estudiar, aprender
los cinco deditos (comprar, pagar, freír, salar y comer huevos, que al final siempre son dos, y duros), discutir quién limpia, emborracharse en la cafetería, mudarme a la desempleadérrima Salamanca y jurar bandera en Madrid con destino Tenerife Norte para tener techo por la vía rápida, terminó por ser poca escuela y demasiada vida en tan breve tiempo. Y es que, queridos niños, yo estaba dispuesta a emprender, arriesgarme, movilizarme, deslocalizarme y hasta hipotecarme, pagando en años de juventud, por un futuro mejor, experimentar, conocer mundo y cumplir mis aspiraciones; otra de esas movidas de la tele y los libros de autoayuda, probablemente dicha por gente que no debió perder una apuesta en su vida, quizás porque nunca arriesgaron realmente —eran la banca— o jugaron con las cartas marcadas.

Pero, siendo fiel a la verdad, si hubo algo que decantó definitivamente la balanza a favor de la independencia fue que el piso tenía agua caliente, de la de verdad, de la que sale directa del grifo sin pasar por el fogón. La única palabra que tengo para aquellas primeras duchas pagadas con el sudor de mi frente es, simplemente gloriosas.

Pese a todo, no he vivido tan mal. Tuve una red de relaciones personales que frenó la caída frente a los problemas y las malas decisiones. Prestaciones, ayudas gubernamentales y un colegio, si no gratis, al menos asequible. La seguridad de que si me ponía enferma un médico me atendería sin mirar la cartera, que podría llegar a la vejez con unas necesidades básicas cubiertas. Tuve —tengo— el lujo de una conexión a internet y una ley que me permite descargar series, películas, libros y música, ocio que de otra forma no podría pagar como no fuera volviendo a mi vieja y querida biblioteca, que ahora reduce sus fondos por culpa del canon o que acabarán derribando porque un político creyó que las leyes o se hicieron para él.

Hoy, 15 de octubre de 2011, estoy en paro, tengo 29 años, una hija y una cadena de trabajos basura a mis espaldas por los que nunca he cobrado más de 900 euros. Dicen que nos malcriaron los tiempos de vacas gordas y creímos que todo el monte es orégano. A mí me gustaría saber cuándo pastaron por estos prados porque no recuerdo sino deudas por los cuatro muebles de mi piso alquilado y dos tipos de trabajo: los que me hicieron sentir una mierda cada vez que sonaba el despertador y los que no me desagradaban (como repartir publicidad, fíjense si soy simplona en mis filias) pero carentes de cualquier tipo de incentivo.

Hoy, con mi experiencia, he hecho méritos para más trabajo basura y peor remunerado, que por lo visto deniego porque los jóvenes treintañeros seguimos sin querer aprender de la recta senda de la vida esforzada. Como si no supiera a dónde lleva ese camino.

Hoy, miope que ha tenido que comprarse todas sus gafas, fumadora con una esperanza de vida de 65 años, pretenden que vuelva a pagar por el servicio básico al que mi hija ni siquiera tendrá derecho si paso 6 meses sin cotizar, me exigen llegar currando a los 67 años para una jubilación que probablemente no veré. Mi madre de 54 años sigue limpiando casas y dicen que su imperdonable fraude fiscal ha causado del hundimiento del país. Un individuo imputado por todas las corruptelas que estuvieron a su alcance, me llama criminal por bajarme El viaje de Chihiro.

Hoy ya no quiero, ya no me importa, ser lingüista o escritora. Preparo oposiciones para una plaza de esas que no me desagradan, pero fija y bien pagada, notificando embargos y desahucios a personas con menos fortuna que la mía. Igual no lo consigo, o sí. Quizás deje de ser fija y me bajen el sueldo nada más llegar.

Conozco muchas otras... gente que “no está tan mal”, hasta que empiecen a estarlo y descubran que no hay pan para los pobres. Cuando lleguemos a los 5 o 6 millones de parados y no quede bienestar que reclamar porque la mayoría del 50% que vota habrá elegido el futuro de todos gracias a nuestro silencio.

Sería bonito, y sería mentira, decir que voy a manifestarme por una sociedad más democrática y justa, por un mundo mejor. Hace tiempo que dejé de levantarme queriendo salvar a la humanidad, si apenas soy capaz de salvarme a mí misma.

Hoy, como entonces, sigo conformándome con un termo en un piso compartido. Y no pienso permitir que me lo quiten. Así tenga que arder Roma.

Polígonos

La zona industrial de Miller, enclavada entre la ciudad originaria y los distritos que le usurparon su condición periférica —la ultraperiferia que llena la boca a los diputados isleños— constituye el cigüeñal urbano mejor comunicado de Las Palmas. Comienza entre las sedes de la policía local y los bomberos, prolongándose pendiente arriba hasta el antiguo tanatorio, donde una rotonda conecta los barrios de las VPO al depauperado centro comercial y la autovía que circunvala el municipio. Sus aceras son el escaparate para la veintena de ilegales que allí se apiña, cubo en mano, en busca de coches a los que sacar brillo.

Como un peaje entre dos mundos, junto a los viejos almacenes mayoristas y naves herrumbrosas se yerguen modernos concesionarios, espacios diáfanos destinados a la exposición que relegan sus talleres a subterráneos y anexos restringidos, demasiado toscos y grasientos para el delicado gusto comercial.

Aunque el puesto pertenecía a las discretas catacumbas del servicio post-venta, acudí a la entrevista en una de aquellas luminosas casas oficiales, cavilando sobre qué conocimientos podría ameritar ante doscientas candidaturas para la recepción del taller. En mi currículo no cualificado, dos años de logística cuartelera, una licencia de ciclomotor que nunca llegué a usar y el absoluto convencimiento de que cárter era un miembro del SG-1 y latiguillo esa expresión que uno repite mucho cuando habla.

No hallé otra ocurrencia más idiota que contar mi único vínculo con las dos ruedas; las que conducían mis ex. Sólo me faltó mentar la moto de Sugus en la contra del Mortadelo. El gerente —estaba también para camisa de fuerza— quiso saber si era lesbiana; no me malinterpretes, si mi hermana lo es, mera curiosidad. Hablamos de sargentos cabrones, de mi hija y del sueldo; negocié las vacaciones para que coincidieran con mis exámenes universitarios... la conversación habría hecho llorar a cualquier orientador laboral.

Cuando, un año más tarde, abandoné el puesto, me preguntó con sorna que si seguía siendo una culomoto.

Conseguí el trabajo, pero no por mi experiencia administrativa, comercial o sentimental. El hombre simplemente estaba convencido de que, habiendo sido militar, me sería fácil lidiar con el particular universo de los mecánicos, que generaban su propio campo de exclusión no apto para espíritus sensibles.

Gracias al cielo, aquella empresa no tenía departamento de recursos humanos. En ellos venir del ejército y parecer lesbiana no suele dar puntos.