jueves 4 de marzo de 2010

Elogio de lo menor

Soy una superheroína enmascarada
no me conocerás, pero me enfrento
a un sinfín de horrores cotidianos
e innúmeras victorias sin valor alguno.

Con falsa humildad desdeño ahora
-cuando las cosas diminutas son un mundo-
la gesta trivial, épica nimia,
minúsculo relato; hoy ya no espero
aclamaciones por despertar cada mañana.






Resulta difícil explicar porqué las cosas pequeñas poseen sobre nuestras vidas una influencia y atractivo tan desproporcionado; hay personas para las que el más leve cambio supone una hazaña temeraria y otras que viven arrojándose al precipicio por evitar una rutina que, como el chirimiri, no se siente hasta que cala el tuétano. Quien sintetiza la inmensidad en un meditado proverbio y quien la construye por acumulación de miradas casuales.

Existe toda una corriente artística y cultural que orbita anclada a la gravedad minimalista, a punto de colapsar sobre sí misma y engullir cualquier variante de lo breve. Siempre me llamó la atención que triunfara este concepto -completamente opuesto a mi idea de la concisión- definiéndose por el acto de despojar de contenido el paisaje cuando, de la misma forma que el compositor anota silencios en la partitura o mide sus pausas el orador, es precisamente la ausencia el contenido que sustituye lo visible. Ni es menor todo lo pequeño ni toda sobriedad está desnuda.*

Sirva esta reflexión para invitarles -advierto que soy parte interesada- a asomarse por alguno de esos microcosmos personales que Iulius está reuniendo en su proyecto Nanoediciones:


Nanoediciones se pretende la mínima expresión editorial. Textos minúsculos listos para imprimir en un único DINA4 y con instrucciones de plegado para darle forma de diminuto nanovolumen.


*Antes de que lo señale algún lector ya les aclaro yo de qué les suena la frase. Pasé la mañana releyendo pasajes de ESDLA en busca de una cita; no la encontré pero esta otra me rondó el resto del día No es oro todo lo que reluce / ni todo el que anda errante está perdido