El Gato


Le llamaban el Gato, era un muchacho

de mirada triste y andares felinos,

tan callado que se lo diría mudo.

Siempre junto a Lillo: bravucón sin luces,

superdesarrollado a los diez años,

su perro guardián y su mejor amigo.


Nadie supo nunca que les unía ni

por qué, como extraños con el mismo destino,

paseaban sin cruzar una mirada.


Saber qué se ganó nuestro respeto,

incuestionable, ciego y sin razones,

era un misterio. No le seguíamos

ni él nos lideraba. Pero no se engañe:

No tenía carisma sino estilo.


II


Dicen que el carácter

es algo que se fragua con los años,

que no es posible huir

del legado social que nos moldea;

las costumbres y las leyes,

lo aprendido y lo inculcado.

Cebollinos

responsables del mundo y, por fuerza,

solidarios.


III


Algunas siluetas que he olvidado,

vivían entre cuarta y sexta fila:

Hijos de sus padres,

esclavos de la moda,

hombres de su tiempo.

Plastilina, esos perfiles

que nunca cumpliremos.


Con diez años tú eras tú aunque te doliese.


Hace algunos años (más o menos por la misma época de la que hablaba en el post anterior) un viejo amigo, en un arrebato de nostalgia por la infancia perdida, me habló del pueblo donde se había criado:

De su casa, estancias de paredes blancas y grandes ventanales, donde siempre entraba la luz, amplios cuartos que se ventilaban cada mañana.
De su preciosa niñera adolescente, que le enamoró hasta las cejas.
De sus compañeros de clase, subordinados a un crío taciturno, silencioso y terrible, por todos conocido como Gato, que llegaba al aula diciendo

-¿Han hecho los deberes?

y, mágicamente, los ejercicios resueltos aparecían en su mesa. No necesitaba afirmar su poder porque nadie lo ponía en duda, era una de esas verdades inmutables del universo que no merecía la pena plantearse.
Su único amigo era un matoncillo gritón, al que se parecía como un huevo a una castaña, cuya principal ocupación consistía en robar bocadillos y dar palizas a los incautos. Eran uña y carne, y nadie era tan tonto como para jugársela por un bocata. Al más puro estilo mafioso, se protegían y complementaban, cumpliendo cada uno su función.
Lo más extraño de todo es el cariño con que los evocaba, supongo que el mismo cariño con que uno recuerda las putadas de la mili y el día que te quitan las anginas.

Esa fue la primera y única noticia que tuve nunca del verdadero Gato. Me quedé fascinada con el personaje. Mi imaginación se disparó en pos de un alter is desfigurado en un pueblo irreal. Pensaba en aquel niño a todas horas, en sus padres, su amigo, los otros niños de la clase, el lugar dónde vivía, la economía y las razones que lo habían llevado a ser como era... hasta mi propio amigo fue absorbido, convertido en narrador. Tenía la inocente esperanza de escribir un relato, tal vez una novela, en el tiempo en que mis afanes literarios aún estaban puestos en la prosa. Una historia sencilla y creíble, pero a la vez rodeada de cierta nebulosa fantástica (más tarde descubrí que a aquello ya se le había dado el feliz nombre de realismo mágico).


Pero ese era el problema, no había historia. En mi pequeño pueblo no sucedía nada porque allí las cosas o ya habían sucedido o nunca ocurrirían. Un eterno hogar del tránsito donde los viajeros le perdían los pasos a su vida. Abandoné el proyecto, dándolo por imposible e intentando asumir mis limitaciones narrativas. Durante tres años sólo escribí reflexiones personales, autocompadeciéndome por mi ineptitud para la única vocación que tenía, sintiéndome culpable por no intentarlo. Entonces, inesperada, regresó la poesía. Tal vez había elegido el género equivocado.


No sé por qué dicen que la prosa es más fácil. O el poema más difícil. Son medios diferentes para contar cosas distintas. No creo en eso que llaman prosa poética, es poesía y punto. No requiere verso, ni rima, ni siquiera palabras. Y esto es tan cierto como que los cantares de gesta pertenecen a la narrativa. Y si no ahí están los poemas visuales. O ciertas películas, más poéticas que muchos plateros.


No necesitaba una historia porque la historia no era lo importante. Lo que quería contar era ese instante suspendido en que convergen todos los acontecimientos de una vida, pasado y futuro. El punto aquietado del mundo en rotación.


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