Otredades: Javier Dorta

Resulta llamativo como, a veces, al reencontrar a un viejo amigo, reanudamos conversaciones interrumpidas hace mucho casi sin notarlo. Los años se contraen y el tiempo queda hilvanado en un continuo imperceptible, como si la brecha entre el ayer y el hoy se cerrara para retomar un instante.


La razón por la que esto ocurre es que tal brecha en realidad no existe. La dialéctica continúa en nuestra mente y, ya sin interlocutores que nos contradigan, la pulimos y ampliamos, dando nuevas formas a viejas cuestiones.


A Javier Dorta lo conocí hace ocho años entre partidas de rol y clases robadas en la facultad de humanidades. A golpe de cerveza se convirtió en el confidente de mis delirios filosóficos, amores inconstantes y obsesiones volubles. Inmersos en nuestra burbuja confesional discutíamos sobre casi cualquier cosa: cómo se debía interpretar un PJ, teorías gramaticales, maneras de arreglar el mundo, la diferencia entre la nostalgia y la melancolía...


Tenía entonces la costumbre (aún la conservo) de llevar siempre conmigo bolígrafo y cuaderno; los sacaba de repente en medio de una conversación, o cogía una de esas postal-free que suelen poner en los bares, y se la soltaba de sopetón quien me acompañara diciendo: Escríbeme algo.

Durante un tiempo aquello se convirtió en tradición ineludible y contagiosa hasta el punto de que había quien lo hacía sin siquiera pedirlo.


Un día le conté a Javi mis aspiraciones poéticas frustradas, él sacó su pluma y, con una caligrafía impoluta, anotó sus propios versos en una notita amarilla.
Luego pasó el tiempo, la gente y los lugares. Lo veía esporádicamente, por casualidad, de camino, pero aquella antigua complicidad ya no existía.


Estos carnavales volvimos a coincidir: qué tal, cómo te va la vida, de qué vas disfrazado y todas esa cosas. Le hablé del blog. Al poco recibí un e-mail y me vino a la mente aquel post-it poético, sumergido en mi cajita de recuerdos. Lo rescaté y quise saber si aún se acordaba. Como respuesta, ahora tengo en mis manos el poema completo al que pertenecían esos versos.


Ocho años después, con nuevas voces, seguimos dialogando...

Pluma rabiosa,
profundo aleteo
de sentimientos llorados
en letra salvaje.

Tu aliento de bruma
y mis ojos conversos
recorren tu mano.

Nocturno reflejo
de tu alma abierta,
desnuda y sin sombra

que danza sangrando
vetas oscuras de pasado,
desafío y sueños,
agrietando memoria y miedo
en agridulce catarsis

De la que emerges voraz de vida
triunfal a pesar de las cicatrices
incapaces de detenerte
o amedrentarte.

Y entornando los ojos
arremetes de nuevo
saboreando el tacto familiar
de tinta sobre hoja.



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