Egolatrías

libro abiertoA veces, de mañana, me inunda el llanto
y, sin recato,
a veces se desborda hasta la calle.
¿Me compadecerá esa gente que me mira?
Cual corazón
fragmentándose en todos los rincones
o los negritos tripones, ya olvidados
y probablemente muertos. Vestigios
mal siempre intuido irrelevante
que resta hierro a lonjas oxidadas.

¿Acaso me hojearán como al diario?
rutina para huir de la rutina
teatro de barrio: ¡Mira! ¿Qué pasa?
¿has visto a esa? Tal vez siquiera
me miran realmente. Quizá no existo
y es sólo este otro drama imaginario
al que dedico demasiado esfuerzo.
Quizás me invento.

Yo, mi tema favorito,
recurrente y autocontenido.



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Es increíble la facilidad con la que lo escrito escapa a nuestro control incluso antes de expresarlo y, sin quererlo, acabamos pastando nuevamente en nuestros mitos personales.

Este iba a ser un poema sobre la hipocresía, sobre cómo nos llenamos la boca con el drama de la inmigración, los muertos de spanair, las víctimas de la guerra o esa amiga destrozada tras una relación infructuosa. Nos encanta poner gesto grave y amonestar a quien no comparta esa pena colectiva, induciéndole un terrible sentimiento de culpa (¿seré una insensible o una malvada?) cuando en el fondo la mayoría de estas cosas nos resbalan o nos preocupan por motivos en nada relacionados con la empatía.

Pero hay ocasiones en que todos los males del mundo, que normalmente me importan un carajo, se me vienen encima en un repentino ataque de consciencia vital. El peso es tan abrumador y es tan difícil explicar por qué de repente me afecta la desgracia ajena, por qué me siento tan identificada, tan condenada a vivir en un mundo asqueroso, que no soy capaz de hacer otra cosa que llorar, pensando en la irrelevancia de lo que haga, imaginándome inmersa en una maquinaria que escapa a mi control.

Ya ven, todo muy bonito, muy tristón y loable, y muy en la línea de eso que denominan literatura comprometida, social, de denuncia o como quieran llamarlo. No había terminado aún la segunda estrofa cuando me di cuenta de que mis intenciones se iban al traste: estaba hablando de mí misma. No de mis sensaciones y penas frente al mundo, sino de mis textos y sus posibles lectores. Yo quería tocar otros temas, remover conciencias, provocar y... ¡zas!, ahí estaba, mirándome otra vez en el espejo. Tuve que reconocer mi fracaso y reescribirlo todo, pero al menos encontré por fin acomodo al último pareado, escrito hacía mucho como una especie de máxima poética que no había conseguido encajar sin que pareciese un pegote de ortopedia.

No podemos escapar a lo que somos, nos reflejamos en lo que hacemos y, del mismo modo que considero imposible evitar el compromiso (los poetas no viven en cuevas ni en algún elevado plano de las musas, forman parte de una sociedad y una época a las que no pueden sustraerse), tampoco es posible una poesía que no nazca de la experiencia, del yo, expuesto abiertamente o hábilmente maquillado, que se filtra en los resquicios que ninguna ficción puede sellar. Lectores y escritores se buscan a sí mismos en los libros y, sorprendentemente, suelen encontrarse.

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