La Fábrica

Se erigía industria empleadora del hogar
-meca ultramarina de las conservas pesqueras,
caladero adolescente y salvación cofrade-
por diez kilómetros al bachiller o mil metros
hasta el muelle. Damas empolvadas, vino blanco
y cocaína escabechada con esmero.

Los niños,
exentos de toda función
salvo la de cerrar la boca,
aprendimos las maneras del lugar:
poca idea, escasa honradez
y todo el tiempo del mundo
por delante.

Gato pedía prestado y olvidaba,
Lillo te protegía de sí mismo,
Manu, el rey de la chuleta,
acupuntura boli-bic a bajo precio,
niñas que alquilaban miradas furtivas
bajo sus bragas, menudeo
entre el paso mariano y la verbena...

Perdí la virginidad por quinientas pesetas.

Gracias al mismo silencio
que ellos nos habían inculcado,
hallaron los viejos esas pequeñas fortunas
y ninguna explicación. Tú y yo juramos
guardar aquel secreto hasta la tumba.






Otros poemas de la serie Personajes

2 Comments:

Julio said...

Me ha gustado el retrato de una adolescencia que es la de muchos adolescentes de suburbios. Eso sí, lo leí el otro día, y ya hoy dos veces más, te vuelves críptica o he perdido ritmo leyendo poesía -va a ser lo segundo jajaja-. Veo que sigues viva. Ya había leído que le dedicarías poco tiempo, hay que establecer prioridades. ¡Besote! ^_^

Farándula said...

Debo ser yo... la verdad es que al ser un poema engarzado en una serie de personajes y partir al mismo tiempo de una historia en prosa lo que para mí es cristalino puede resultar críptico a falta de contexto.

No quería alargar el poema dando explicaciones, pero te digo ya que es una historia literal, de esas "inspiradas en hechos reales" (bueno, reales en función de si te crees lo que te cuentan, no es que lo haya vivido).

Una amiga mía pasó la adolescencia en cierto pueblo gallego cuyo nombre omitiré y la mitad de los adolescentes del pueblo dejaban los estudios a los 14 porque preferían sacarse las perras currando en una fábrica cercana. La susodicha fábrica, según cotilleo popular, era la tapadera de un negocio de drogas que las autoridades locales no podían o no querían ver.

Si esto que es una sobrada de alguien que ha visto demasiadas películas lo dejo a la imaginación del lector.

Lo de perder la virginidad por 500 pesetas me lo contó otro amigo, que con 12 años pagó a una compañera de clase para ver cómo funcionaba eso del folleteo.

Esta sí que me la creo a pies juntillas.

Así que, ya sabes, procura no contarme ninguna anécdota personal comprometida o acabarás en un poema (y si lo vas a hacer a golpe de trola, que sea vistosa).