Percy Jackson y el ladrón del rayo

Título original: Percy Jackson and the Lightning Thief (Percy Jackson & the Olympians, Book 1)
Autor: Rick Riordan
Editorial: Penguin Books
Sello: Puffin Books
ISBN: 978-0-141-32999-4
Género: Fantasía / Infantil
374 pp. Rústica

Nota previa: esta es la primera novela "de verdad" que leo en inglés, hecho del que me siento orgullosa cual niño pequeño aunque, dada mi edad, a ustedes les provoque entre cachondeo y ganas de apedrear a nuestros responsables educativos. Cabe la posibilidad, por tanto, de que haya malinterpretado algún aspecto de la historia.

Tengo impresiones contradictorias con este libro. Aunque ameno y de muy interesante temática, es lo que en España llamaríamos, poniéndonos palomiteros, americanada con todas las letras: un crío de 12 años descubre que es el hijo de un gran dios griego, héroe destinado a salvar, no ya el mundo, como es costumbre, sino literalmente “la civilización occidental”. Esto, pese a tener sentido siendo Grecia la cuna de tal civilización, situado en el contexto de la obra —donde el Olimpo se ha trasladado al Empire State Building, pues cambia su localización según el imperio dominante del momento— chirría tanto que a veces una espera poco menos que una horda de Titanes armados con hoces y martillos o gritando la shahada según la ocasión (lo de la entrada del Hades en Los Ángeles ya es puro ensañamiento). No ayuda tampoco la múltiple progenie divina reunida en una especie de Camp-Rock para semidioses preadolescentes, donde entrenan sus habilidades de combate y juegan a capturar la bandera. Se puede comprender por el público al que está destinado y quizás sea un acierto en ese sentido; a servidora, que nunca sintió interés alguno por ingresar en los scouts pero vio demasiadas películas de sobremesa, le da un poco de risa.

Enternece el tratamiento esperanzador de la discapacidad, con el profesor de Percy en silla de ruedas y su mejor amigo de extraños andares [actualizo por una errata y no me puedo resistir a enlazar esto], o dos enfermedades infantiles (padecidas por el hijo del autor) que en EEUU son casi una plaga: la dislexia y el TDAH. Bajo su visión optimista quienes las sufren están ocultando su extraordinaria naturaleza (centauro y sátiro respectivamente) o experimentando los síntomas de su especial herencia, al enfrentarse a la contradicción entre lo que ven los humanos corrientes y la realidad que sólo ellos pueden observar tal y como es. No se comprende sin embargo que a causa de ello Percy sea presentado como un chico problemático que cambia de escuela cada curso, pues en ningún momento se nos muestran acciones que justifiquen esa descripción más allá de las afirmaciones del protagonista, narrador de su propia historia.

Se agradece que el autor, profesor y probablemente apasionado de la materia, haya optado por modernizar (lo que viene siendo parodiar) los mitos para restar dramatismo, pero sin cambios sustanciales (descontando la paternidad de Perseo), maquillaje ni simplificaciones en las cuestiones de fondo. Si a nivel didáctico el mensaje subyacente encarna el horror de cualquier madre, guarda por otra parte absoluta coherencia con la mitología empleada: los dioses son caprichosos, inmaduros, egoístas, promiscuos, arbitrarios y, en general, tirando a cabrones; eres un héroe, sí, pero les importas un pimiento, estás condenado a la traición, el sufrimiento y un destino trágico... es lo que hay, asúmelo o que te parta un rayo.

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